Cuando hablar es un pecado
- elceiboportal
- 28 jun
- 7 min de lectura
Por Francisco Ruíz Díaz
La ultraderecha parece haber elegido un claro enemigo y una ambiciosa hoja de ruta. La conversación y el cuestionamiento crítico pueden hacernos dar un paso atrás para mirar el panorama y analizarlo desde ahí.

La sociedad argentina ha dado un gran giro desde la asunción de Javier Milei. Hay un germen instalado que nunca pudo ser erradicado y que a cada oportunidad parece reorganizarse, un sector de la sociedad que a toda costa busca, conscientemente o no, sostener sus privilegios. Las masculinidades nunca han dejado de ser identidades conflictivas y, en muchos casos, cerradas y herméticas.
Las nuevas olas derechistas se las arreglaron para poder tocar fibras sensibles en la sociedad. ¿Cómo se puede convencer a una sociedad de que el orden y la moral están en riesgo? Los capítulos de Andrea Torricella, “La reacción cultural y la cuestión de género” y “La extrema derecha y los dilemas de la batalla cultural” de Sergio Caggiano, del libro compilado por Alejandro Grimson, “Desquiciados”, pueden darnos algún puntapié.
Las nuevas derechas
Durante las campañas de estos sectores políticos, la utilización de la cuestión de género parece ser un punto central. Torricella dice que pueden englobarse dentro del concepto trivotal, es decir, reciben un tratamiento trivial a la vez que son un pivote para la acumulación de capital político. Se presenta a las cuestiones de género como pertenecientes a un mainstream que sirve como factor explicativo de las realidades económicas de las personas, el clásico truco de buscar chivos expiatorios. Como ejemplo, el presidente Javier Milei, en el Foro Económico de Davos de 2024, dijo que las luchas del feminismo plantean una “ridícula y antinatural pelea entre el hombre y la mujer”, justificando que el libertarianismo concibe la igualdad entre las personas. La situación actual no representa un caso absolutamente novedoso, sino una reactivación de creencias preexistentes. Podemos nombrar las numerosas marchas en contra de la despenalización del aborto, del matrimonio igualitario, la oposición flagrante de sectores ante el avance del feminismo. Sin embargo, la particularidad que es merecedora de atención en los tiempos actuales tiene que ver con la liviandad con que es tratado el ataque y el desprestigio, justificado bajo una lógica de batalla cultural.
No podemos pensar en que únicamente se tratan estos temas desde el poder político, sino también desde los medios de comunicación y, sobre todo y de manera cada vez más poderosa, de las redes sociales. La autora piensa que los “comentarios abiertamente sexistas también pueden interpretarse como estrategias de choque para causar escándalos”, pero sobre todo para construir un clima de polarización. Caggiano habla sobre esto en su capítulo, en el que entiende que las nuevas derechas buscan la individualización de las personas y tras ella instalar una moralidad economicista. Los desprestigios de la derecha apelan a categorías juiciosas, por ejemplo, contra el aborto se les dice “asesinas” a las mujeres que estén a favor; contra quienes se manifiesten por cuestiones laborales, les dicen “vagos”. En el mismo discurso de 2024, Milei afirmó que la agenda feminista tuvo un componente de intervención del Estado que entorpeció el proceso económico, pero no hizo ninguna mención a las causas de los fenómenos a los que buscaba combatir (con mayor o menos éxito). Esta percepción despierta interés a la hora de intentar pensar, ¿cómo puede ser que parte de la sociedad permita esos enunciados?
Los varones silenciosos
Al pensar la batalla cultural que las derechas elevan a la discusión no puede no pensarse acerca del rol que juegan las masculinidades. Siendo estas un gran motor para aquellas, pues como demuestra el informe Latam Pulse: Argentina, de la consultora AtlasIntel de mayo de este año, la diferencia de género en el apoyo de Milei muestra que lo apoya un 49,2% en varones, y apenas un 31,3% en mujeres. Sumado a ello, la mayoría de lugares de influencia mediática a favor de este tipo de sectores está comandada por varones blancos, cis y heterosexuales. El componente trivotal de la discusión sobre la igualdad y el género se banaliza. Tal como dice Caggiano, la batalla cultural es moral: una moralidad económica, de mercado, que busca polarizar por medio de afirmaciones subjetivas tratadas con estatus de verdades. Para el autor, la verdad estaría dentro de cada individuo, cada uno tendría la capacidad de discernir lo que la verdad es y por ende acomodarse a ella, en sus palabras, la batalla cultural “tiene dos trincheras principales: la moralización de la economía y la articulación de la verdad y el deseo en el mercado”. En ese sentido puede entenderse que si la verdad es un capital mensurable e inconfundible y la moral se construye por medio de la lógica económica, toda disidencia forma parte de un error y debe ser menospreciada por no ajustarse a los estándares.
La circulación de discursos que promueven el éxito relacionado con lo económico y material, no puede aceptar la discusión sobre la forma de percibirse si se limitan a entender la realidad social desde esa lógica. Hablar sobre una crítica activa hacia los comportamientos masculinos convierte a quien lo discute en un ser débil, inferior, equivocado. ¿Por qué? La pregunta no es fácil de responder, pero es una manera de asomarnos al porqué Milei tiene el triunfo que tiene. Torricella piensa que todo aquello que se aleje de la lógica empresarial genera una reacción desdeñosa. Las crisis económicas parecen reflejarse en lo que ambos autores coinciden en llamar el cultural backslash, o contragolpe cultural: Al verse amenazadas las realidades económicas de las sociedades, triunfan discursos que ponen en el eje decisiones políticas relacionadas a las agendas igualitaristas. Para Torricella, las derechas “se apoyan en malestares y sensaciones emocionales de pérdida de bienestar y privilegios y aumento de la vulnerabilidad” para contraatacar reduciendo las políticas relacionadas al bienestar sin sufrir pérdidas en el capital político. Las redes sociales se ven repletas de estos discursos, que muy probablemente siempre existieron, pero que luego de haberse construido un consenso social sobre su incorrección, se ocultaron. De esta manera, si siempre resultó incómodo para las masculinidades poder hablar de sí mismas en clave crítica, cuando los discursos naturalizan las prácticas, no parece quedar lugar para el cuestionamiento.
La ruptura de consensos
Torricella argumenta que la crítica hacia el feminismo y los sectores igualitaristas puede resumirse en la caracterización que se ha hecho de ellos como “ideologías de género”, menospreciando su carga y reduciéndolos a una deformación de la ideología “correcta”. En las redes no para de correr tinta (o su análogo digital) sobre el tema, sin embargo, las burbujas digitales permiten que cada persona que piense y actúe en un marco conceptual, solo pueda ver y conocer lo que está en su radio de visión ideológica.
La alimentación que el statu quo político hace sobre la crítica a estos sectores comienza a retroalimentarse con más fuerza que nunca en la realidad online. La autocensura aparece como una forma de reforzar los entrecruzamientos de opiniones y llevarlos a una discusión seria. Según el informe Silencios Digitales, de DataGénero, el 24% de las personas encuestadas podían sentir una libertad real a la hora de publicar en línea. Esto puede servir como un puntapié para entender por qué las discusiones se cierran en burbujas. La hostilidad de la publicación en línea tiene un componente de amenaza permanente. Las discursividades que han logrado instalarse, nuevamente se rigen por lógicas binarias y morales: la gente no rebate argumentos; doma. La ridiculización del enemigo ideológico es una forma de posicionar al de enfrente en un punto de no-diálogo. El oficialismo se nutre de ello y del debilitamiento que ha tenido el consenso sobre la discursividad en materia de género. Consecuencia de ello puede verse en el desmantelamiento de las políticas de prevención de violencia de género efectuadas al poco tiempo de la asunción del gobierno actual, en la banalización del concepto del femicidio, en la crítica constante a los sectores de la comunidad LGTBIQ+, en el tratamiento de los medios oficialistas al cubrir casos relacionados a la violencia. Poner en cuestión estos campos permite justificar políticas económicas regresivas en otras materias, pues serían la causa explicativa de las realidades económicas individuales.
Es tarea de las masculinidades poder discutir desde dentro esa moral economicista, pues si la única vertiente del éxito se puede relacionar con la economía, se están dejando por fuera muchísimas áreas desiguales e injustas. La actualidad parece tener un gusto por naturalizar estas cuestiones, por dejarlas en segundo plano. El poder político hegemónico se vale de ello, y sumado a la lógica de las redes, ciertos discursos se amplifican.
Resquebrajamiento
¿Cómo es posible el sostenimiento de este tipo de políticas cuando puede notarse que la realidad sigue siendo desigual? En parte, responderían los autores, por el gran trabajo que ha hecho el gobierno nacional, apoyándose en la derecha internacional, para dar la batalla cultural. El punto es la interpretación de un desplazamiento de responsabilidades. Torricella nombra, por ejemplo, que evitar sostener políticas en materia de igualdad de género para las mujeres desconoce por completo la existencia de la brecha salarial, materializada sobre todo en los trabajos de cuidados de la familia e hijos. El desplazamiento se sirve de una interpretación del rol del Estado como un ente coercitivo, al que hay que rendirle tributo y que extrae del individuo el fruto de su trabajo. De esto se interpreta otra categoría moral, el Estado sería un “ladrón” del que se sirven los políticos, para el trabajador promedio. Para ello se apela a figuras pasadas que sirven para argumentar situaciones actuales. Cuando el Estado no puede suplir las necesidades de bienestar de los individuos, evoca a la figura de la familia tradicional para que pueda paliar esta falta. La familia tradicional le atribuye al género femenino la carga del trabajo doméstico no remunerado.
La apelación a ello hace que sectores de la sociedad que se identifican con estas ideologías puedan reconocer en tiempos anteriores, previos a la obtención de derechos y luchas por la igualdad, una estabilidad de la que carecen hoy en día. Los golpes de la ultraderecha a la conquista de derechos resultan un atractivo interesante para pensar las nociones de privilegios a los que se busca apelar. Los varones, que hemos sido históricamente privilegiados, debemos dar una discusión sobre cuáles son los límites, pues la temática en torno a la moralización de la discusión corre los hechos para basarse en supuestas verdades objetivas que contradicen la realidad fáctica.
La sociedad parece reconocer paulatinamente que los discursos enunciados por la ultraderecha argentina flaquean. Las movilizaciones se tornan cada día más masivas, los escándalos de corrupción como el caso Adorni y Libra pegan en el punto fuerte del gobierno, la moral. Por otro lado, los casos de violencia de género no cesan, y el desmantelamiento del Estado y la incapacidad de cualquier tipo de autocrítica del gobierno hacen resquebrajar lo que sostienen discursivamente. La batalla la tenemos que dar nosotros también, conversando con compañeros, con amigos, con familiares. La respuesta no puede ser el silencio, pues callar es subyugarse a la misma lógica que nos proponen: aceptar que la realidad se rige por criterios objetivos, cuando no son más que relatos e interpretaciones que buscan sostener un establishment.
La foto es solo ilustrativa.




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