La batalla cultural: el arma de la nueva derecha para crear un movimiento
- elceiboportal
- 28 jun
- 6 min de lectura
Por Brian Panizza
El ascenso libertario no puede explicarse sólo por la crisis económica. La extrema derecha logró disputar sentidos sobre la moral, el individuo y el sentido de pertenencia, ocupando un vacío político que obliga a repensar una nueva contrahegemonía. La lectura que hace Sergio Caggiano en el capítulo 4 del libro “Desquiciados”, coordinado por Alejandro Grimson, parece ser pertinente para desentramar esta tendencia y desbloquear el pensamiento crítico.

El ascenso de la extrema derecha en la Argentina suele explicarse de forma rápida, y un tanto superficial. Se habla mucho del hartazgo por la inflación, la debacle económica de gestiones consecutivas, la degradación material y el enfoque en microluchas atribuidas a una agenda progresista alejada de las condiciones materiales. Sin embargo, reducir el análisis al voto castigo es ignorar la verdadera marea de fondo que emerge en el fenómeno liberal libertario, al que podemos categorizar como “nueva derecha” que en muchas partes del mundo se presenta con otras matrices ideológicas.
Como bien analiza Sergio Caggiano en el capítulo 4 de “Desquiciados” – el libro coordinado por Alejandro Grimson – titulado “La extrema derecha y los dilemas de la batalla cultural. Moral, individualismo y sentido de pertenencia” el corazón del cambio no es solo macroeconómico, sino profundamente cultural. La verdadera victoria de la nueva derecha radical radica en haber sabido librar, y ganar, una encarnizada batalla cultural en tres frentes simultáneos: la moral, el individualismo y la necesidad de pertenencia. Todo esto conjugando una mezcla de conservadurismo social, liberalismo económico y por sobre todas las cosas, el deseo de un nuevo movimiento, o como decía una banda de hardcore punk argentina, una nueva ética.
Para entender este viraje es fundamental desarmar el concepto de la "batalla cultural", inventado por el marxista Antonio Gramsci y que durante años fue utilizado por los sectores de izquierda, progresistas y del llamado campo nacional y popular para confrontar contrahegemonía a la hegemonía de la burguesía. Estos sectores, una vez lograron escalar a formar gobiernos, asumieron que ciertas conquistas de derechos —desde el matrimonio igualitario hasta la despenalización del aborto, pasando por las políticas de género y la memoria histórica— formaban parte de un consenso democrático irreversible al igual que el Estado del Bienestar en términos económicos. Sin embargo, parece ser que el gran acierto de la extrema derecha fue leer el reverso de esa moneda y poder percibir que, para amplios sectores de la sociedad, esa agenda le quedó ajena, y lo que es aun peor, la sienten como una imposición que viene "desde arriba", dictada por una burocracia estatal que descuidaba lo básico de la vida, como seguridad y economía. Lo que el progresismo llamó ampliación de derechos, la narrativa libertaria lo resignificó con éxito como los privilegios de la casta.
Es ahí donde encastra el primer eje del capítulo: la nueva moral. No se trata de un conservadurismo tradicional, sino de la construcción y consolidación de una nueva moral reaccionaria. La crueldad y el odio, lejos de espantar, actúan como un refuerzo de "autenticidad" frente a lo políticamente correcto, que a su vez juega con los sentimientos de hartazgo como una propuesta radical para salir de este desastre. Las propuestas de desmantelar salones históricos, dinamitar el Banco Central o tildar la educación pública de "adoctrinamiento" se vuelven actos performáticos que validan el resentimiento de quienes sintieron que sus valores tradicionales eran menospreciados. La capacidad de construir un deseo de regresar a un supuesto pasado en el que fuimos grandes es la síntesis de esta nueva moral: Make Argentina Great Again. La Argentina del Partido Autonomista Nacional, de fines del siglo XIX y principios del XX, con su cultura y su modelo de sociedad es el deseo de futuro que supieron construir las nuevas derechas, y no es nuevo, es la clave del éxito del MAGA original al que le cambiamos Argentina por América, y funciona como la base del movimiento que lidera Donald Trump en EEUU.
El segundo gran pilar es el individualismo de supervivencia. En una Argentina con más de la mitad de su población en la informalidad o el cuentapropismo, la idea de un Estado protector se volvió una abstracción lejana, cuando no un estorbo, y convengamos que en cierta medida lo era, ya que ese supuesto Estado presente no estaba funcionando y en muchas ocasiones quienes estaban al frente tomaron decisiones acordes a sus intereses personales. El sujeto contemporáneo que describe este capítulo del libro no espera que lo salven; se piensa a sí mismo como un Robinson Crusoe moderno, un individuo autosuficiente que debe sobrevivir en la selva del mercado mediante el "autoemprendimiento", bajo la lógica de la meritocracia, donde sobrevive quien en teoría más se esfuerza. Si el Estado no te garantiza seguridad ni estabilidad monetaria, ¿por qué deberías financiarlo con tus impuestos? La extrema derecha no inventó este individualismo; simplemente le dio una épica heroica a la precarización laboral y politizó a un sector al que el progresismo y/o el campo popular dejó de hablarle.
Finalmente, el análisis nos enfrenta al dilema más complejo, el sentido de pertenencia. Históricamente, las identidades políticas en el país se ordenaban en torno a colectivos sólidos como podrían ser el sindicato, el territorio o el partido. Al romperse estos lazos, el ecosistema digital y las comunidades libertarias vinieron a llenar el vacío existencial de un sentido de pertenencia. Las nuevas derechas le ofrecieron a una generación entera la posibilidad de construir una nueva identidad comunitaria basada en la trinchera compartida contra un enemigo común: "los zurdos", "los colectivistas", "el Estado opresor", etc. Paradójicamente, el individualismo más radical encontró su contención en una militancia fervorosamente cohesionada y afectiva.
Lo interesante de este proceso es que se hace sobre la base de la economía como principal frente de lucha, pero entendiendo que con eso no alcanza con lo que logran articular este campo con los demás campos de la sociedad. El propio Milei fue uno de los “divulgadores” de la nueva derecha desde el frente económico, pero personajes como Agustin Laje le dieron el enfoque necesario desde una suerte de gramscianismo de derecha para construir el cóctel final que forjó el surgimiento de un nuevo movimiento, que se diferencia bastante de otras derechas, como la europea que es más tradicional (nacionalismo, conservadurismo y liberalismo clásico) o la estadounidense que es proteccionista en lo económico y conservadora en lo social. A su vez, necesita un complemento discursivo propio, el insulto y el odio como bandera narrativa, rompiendo absolutamente con la corrección política discursiva y acercándose así al lenguaje popular.
La lectura de este capítulo y en general todo el aporte que nos da Desquiciados, nos deja una advertencia incómoda pero indispensable para poder entender cómo se consolidan y cómo operan las llamadas nuevas derechas. También nos permite pensar que si las fuerzas democráticas pretenden disputar el rumbo del país, no bastará con proponer un mejor plan de estabilización económica, si no con entender la batalla cultural gramsciana para poder enfrentar a la hoy hegemonía liberal libertaria con una contrahegemonía. Entonces, el desafío es mayor, urge reconstruir una narrativa común que demuestre que el lazo social y la solidaridad no son rémoras del pasado, sino las únicas herramientas reales para no terminar devorados por la intemperie del mercado.
Ahora bien, y me hago cargo de esta reflexión final ya que excede al capítulo en cuestión: la ruptura fue materializada, y por ende pretender volver a lo que en Argentina fue el kirchnerismo, y en la región la llamada “oleada progresista”, es un error, no solo por lo expuesto en la lectura correspondiente, sino también porque queda en evidencia que el capitalismo no piensa dar marcha atrás y volver a ser un poco más “humano” como lo supo ser alguna vez. Me gusta pensar en la necesidad de dar una batalla cultural que articule con el deseo de lo que Mark Fisher llama “poscapitalismo”, y probablemente otros prefieran llamar socialismo. Quiero decir, consolidar una contrahegemonía a la hegemonía liberal libertaria implica pensar en una reconfiguración de la lucha de clases y no solo en cómo volver a un Estado presente.
Mientras la respuesta de la oposición siga atrapada en la perplejidad o el mero escándalo moral, el quiebre cultural seguirá su marcha y, lo que hoy acaparan los liberales libertarios, quizás mañana lo acaparen otras fuerzas de extrema derecha como ya ocurre en Europa. En España, es Vox, una fuerza que propone expulsar inmigrantes y defiende el nacionalismo heredado de Franco como salida. Pero para que no todo sea pesimismo, Francia, con el programa de izquierda del Nuevo Frente Popular; Alemania, con el programa reformulado de Die Linke; y Nueva York, con las propuestas de Zohran Mamdani son ejemplo de que se puede contrarrestar el ascenso de estas nuevas tendencias ultraderechistas.
Ahora, estamos en Argentina y no somos políticos, somos periodistas. Nos corresponde lograr desenmascarar a esta nueva derecha para recuperar el pensamiento crítico que nos permita elevar el debate social. La construcción de un nuevo movimiento contrahegemónico dependerá, en parte, del aporte que podamos hacer desde nuestro campo.
La foto es solo ilustrativa.




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