Recuperar el sentido de hacer periodismo
- elceiboportal
- 28 jun
- 6 min de lectura
Por Helena Server
Estudiar para hacer periodismo en el presente es como estar persiguiendo constantemente algo que ya se te escapó. Las teorías de la comunicación, los métodos de redacción de las diferentes piezas periodísticas, los textos académicos de autores y periodistas grandísimos, referentes y eminencias; todo eso parece contrastar y perder sentido frente al escenario al que nos enfrentamos en cuanto salimos de la facultad. Si la vida social ha cambiado vertiginosamente en las últimas décadas, el panorama de la comunicación social no solo no ha sido la excepción, sino que podría ser incluso el ejemplo más impactante.

Y no me refiero siquiera a las transformaciones estructurales que se han producido en materia laboral para los que ejercen el oficio del periodista, cambios que sin embargo no puedo dejar de mencionar. El cierre de redacciones tradicionales, el fin de la hora de cierre fija, la flexibilización del trabajo. Antes, trabajar en la creación y circulación de noticias era trabajar en equipo; hoy, la figura del periodista nos remite más a una persona individual, sentada frente a la computadora, haciendo su trabajo aislado. Desde la investigación (muchas veces limitada al entorno digital), pasando por la redacción y hasta la publicación. En la actualidad, trabajar solamente “en las noticias” no es proyecto profesional suficiente. Todos quienes nos estamos formando para este campo sabemos, sin necesidad de preguntarle a nadie, que no es suficiente. El sueldo no alcanza, la demanda no alcanza. Hoy en día, como periodista, si aún elegís este ríspido camino profesional, también tenés que ser Community Manager, Project Manager, especialista en IA, copy-writer, diseñador, fotógrafo, editor, director creativo, saber de UX/UI, de SEO, de marketing digital. Y en tu tiempo libre, si querés, te dedicás a ejercer de periodista, y a buscar la verdad.
Lo único constante es el cambio. El periodismo muta. Los medios se reconfiguran a una velocidad inédita. Resulta incluso irónico que, en la que llamamos la sociedad de la información, sea más difícil que nunca entender lo que sucede a nuestro alrededor. Entre las numerosas mutaciones del paradigma comunicacional que se han producido en las últimas décadas está el hecho de que hoy, como nunca antes, estamos sobreinformados. Hay muchos aspectos analizables sobre esta situación: el consumo incidental y fragmentado de noticias, el filtro algorítmico, la ruptura del contrato vertical. Pero hay un hecho clave que debo rescatar y que resume de manera contundente la problemática: más comunicación no significa mejor comunicación.
La sobreabundancia de información paraliza, polariza; puede conducir a la desinformación y al odio, un fenómeno que venimos experimentando desde hace ya varios años. Los autores Martín Becerra y Silvio Waisbord, en su artículo La necesidad de repensar la ortodoxia de la libertad de expresión en la comunicación digital, sostienen que la concepción clásica u ortodoxa de la libertad de expresión, basada en el “mercado de ideas” de John Stuart Mill, resulta insuficiente para abordar los desafíos de la comunicación digital actual y para regir lo que entienden como “comunicación democrática” de acuerdo al artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Este no solo aborda el derecho a emitir opiniones sino también a investigar y recibir informaciones y opiniones. En un contexto donde la comunicación digital está principalmente regulada por grandes plataformas como Google y Meta mediante mecanismos que entendemos poco, donde una noticia sobre la guerra tiene en la pantalla la misma jerarquía que otra sobre el resultado de un partido o que un meme, y donde los algoritmos nos encasillan en tipologías y nos reproducen constantemente lo que asumen que queremos ver; ¿cómo podríamos afirmar que estamos mejor informados?
Becerra y Waisbord discuten con la visión tradicional que asume que a mayor cantidad de voces, más cerca estaremos de la verdad. La realidad es que la plataformización masiva del debate público altera las condiciones de este derecho. La verdad es una sustancia blanda y moldeable que puede acomodarse solo con un poquito de esfuerzo a los recovecos de tus expectativas. La arquitectura algorítmica que rige la comunicación digital proyecta verdades segmentadas y mutuamente excluyentes. Esta maleabilidad subvierte el ideal ilustrado del 'mercado de ideas' de Stuart Mill; el algoritmo no busca la convergencia “racional” hacia la verdad, sino la captura de la atención mediante la retroalimentación constante de los sesgos preexistentes del usuario, clausurando la posibilidad de una deliberación verdaderamente democrática. Y cuando, además, se delega el arbitraje del debate público a corporaciones transnacionales, la información es despojada de su valor social y jerarquizada en función de su capacidad de engagement y monetización. Los algoritmos recompensan la endogamia, radicalizando las preferencias de los usuarios para retenerlos más tiempo. El resultado es un bucle donde la saturación degenera inevitablemente en parálisis y aislamiento. ¿Qué nos está quedando afuera en el círculo vicioso de consumir y amplificar nuestra propia opinión?
Eli Pariser, en la introducción de El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos, ahonda sobre la cuestión de la burbuja de filtros. Desde hace ya más de una década, toda búsqueda que realizamos en Google arroja resultados personalizados basados en indicadores como el historial de navegación, el tipo de dispositivo y la ubicación, entre otros. Dos personas pueden buscar la misma cosa y encontrar resultados totalmente distintos, según lo que el algoritmo predice como el enlace con más probabilidades de recibir un clic. Esto representa una realidad cada vez más extrema: cada individuo vive en un universo de información único, aislado y optimizado para retener su atención, filtrado por mecanismos opacos que tienden a la radicalización cada vez mayor de sus opiniones. Y la característica más compleja es que no se elige entrar en esta burbuja: la personalización se impone de manera pasiva y automática.
Las consecuencias de estos fenómenos contemporáneos de la comunicación son muchas y complejas. Sin embargo, se pueden resumir a grandes rasgos en un hecho crítico: el ecosistema digital actual, tal como está configurado, atenta contra la comunicación democrática al bloquear sistemáticamente la posibilidad de que veamos las cosas desde el punto de vista de los demás, de que nos encontremos con opiniones e ideas contrarias a las nuestras, precisamente las que amplían nuestros horizontes y desafían nuestra concepción de verdad.
En este escenario, ¿dónde se ubica el rol del periodista y del oficio? ¿Quedamos supeditados únicamente a adaptarnos a las nuevas formas comunicacionales, a ser agentes del mercado buscando permanentemente el mayor engagement? En un contexto de precarización laboral cada vez mayor, ¿cómo no buscar la mayor ganancia?
Como periodista en ejercicio o en formación, es fácil caer en el pesimismo y la desesperanza. Pero el sistema cuenta con eso. Al sistema que configura y reproduce estas lógicas comunicacionales (siempre al servicio de unos pocos poderosos), a ese sistema le sirve que nos sintamos impotentes y desesperanzados, como personas en general y como periodistas, en particular. La apatía profesional es, en realidad, el mayor triunfo: si nos convencen de que el algoritmo es una fuerza de la naturaleza inmodificable y de que nuestra única opción es volvernos engranajes precarizados de la máquina del engagement, defender nuestro metro cuadrado en detrimento de la comunicación como derecho humano, la batalla por un debate democrático se termina antes de empezar. Por eso aunque estemos cansados, aunque la comunicación que estudiamos parezca un laberinto sin fin, no podemos quedarnos en la catarsis y el pesimismo. La alienación de nuestra humanidad y de nuestro oficio no es un efecto colateral, es un objetivo de control. No podemos dejar de preguntarnos, las veces que sean necesarias: ¿cómo contribuimos desde nuestros espacios a garantizar el derecho a la información, a la comunicación democrática, y a una mejoría en las condiciones profesionales? ¿Qué podemos hacer?
Si alguien tuviera la respuesta definitiva o un tutorial que para estas preguntas, estaría bueno que lo comparta en formato reel con un buen hook para que se viralice y nos enteremos todos. Mientras tanto, a partir del recorrido realizado en la materia de Periodismo Político de la carrera de Comunicación Social de la UNER, puedo mencionar algunas ideas tentativas que nos ayudan a vislumbrar algún camino. Podemos disputar el sentido del oficio desde las acciones cotidianas y los márgenes que el mercado no puede controlar. Frente a la fragmentación informativa, podemos intentar convertirnos en actores que promuevan activamente el debate público y el intercambio genuino de ideas, generando contenidos que no eclipsen ninguna voz. Podemos tratar de rebelarnos al no renunciar a profundizar, pensar y sostener una opinión debidamente fundamentada. Contra el individualismo frente a la pantalla, podemos reeditar en cada ámbito posible los espacios de intercambio con los colegas, resucitando la lógica colectiva de "la redacción" para construir saberes compartidos y resistir a la precarización. Podemos intentar romper la comodidad de la interfaz y construir un periodismo que no esté únicamente mediado por lo digital. Volver a las bases del oficio, mirar la realidad y conversar con las personas.
Es precisamente en esa insistencia por incomodar, desarmar la caja negra y recuperar el contacto con lo humano donde el rol del periodista de buscar la verdad puede volver a cobrar sentido.
La foto es solo ilustrativa.




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