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La Peña de Dardy

  • elceiboportal
  • 8 jun
  • 8 min de lectura

Por Francisco Ruíz Díaz


Un comedor en Puerto Sánchez y una persona. Una historia de un laburante que vivió toda su vida en el mismo barrio, atravesó las distintas complejidades de la Argentina y sostiene su negocio hasta el día de hoy.



Puerto Sanchez es un lugar con una mística particular. Enseguida de la Playa del Thompson, una cortadita da a su entrada, una larga pero angosta cuadra sin salida para los autos. La bienvenida la dan varios puestos de pescado.

En el medio del barrio, conocido para el afuera por las grandes interpretaciones artísticas que hablan en su nombre, se encuentra un comedor. “La Peña de Dardy”, se llama, un lugar con toldos rojos fácilmente identificable, con una bonita vista al río y una estética acogedora, de esas que te hacen pensar inmediatamente en la intimidad hogareña. Enfrente vive su creador, Eduardo Escoubué, más conocido, claramente, como Dardy. Un hombre de 73 años originario del antiguo Puerto Sánchez.

Dardy se encuentra sentado en su balcón, en una reposera típica, con un mate y un teléfono fijo inalámbrico en el piso. Lleva una boina negra, un buzo negro y unos pantalones grises. Revolotea la mirada hacia el barrio que lo vio crecer y que él vio crecer.


—Me conocen como Dardy, en todo el mundo, no sólo acá en Paraná, en todos lados. Hace 12 o 13 años que vienen siempre a comer dos médicas francesas —dice con orgullo—. Yo soy el primero que empecé acá, con 5 chapas y algunos tablones, no había nadie antes.


Dardy cuenta que el barrio cambió mucho desde que empezó. Vivía cerca de donde ahora se encuentra la escalera que conecta el Parque Urquiza con Puerto Sánchez y que el barro hacía imposible la entrada al barrio cuando llovía. Empezó saliendo a pescar, en esa época había una bajada que daba directamente al río, donde pescaban los palanqueros, pescadores y vendedores ambulantes que cargaban pescado al hombro con una “pala”.


—Yo pescaba y jugaba al fútbol, en el club Ministerio. Iba a practicar, volvía y pescaba.


Cuando le surgió la posibilidad de trabajar en el Thompson, dejó de pescar para poder entrenar más, aunque al poco tiempo renunció. Una noche tuvo un accidente y se quebró, lo que le impidió seguir jugando. Su hermana tenía una pescadería en el frente de Puerto Sánchez en los años setenta, por lo que lo invitó a trabajar con ella. Estuvo trabajando en esa pescadería muchos años, hasta que dejó y pasó a cocinar en diferentes clubes de la ciudad.



—Volví a casa, puse una pescadería —abajo de donde vive—y me fui a cocinar a los clubes de Paraná. Paraná Central, Palma, San Agustín, Avenida, Universitario, San Martín… A todos lados. Iba a cocinar pescado los viernes y los sábados —dice rememorando todos los lugares en los que estuvo.


Con el tiempo, ese negocio que se dedicaba únicamente a la venta de pescado, que abandonaba los fines de semana para salir a trabajar en los clubes, se transformó. Conversando con amigos le dan la idea de que empiece a cocinar en su casa y a vender desde ahí. Así empezó entonces la historia de un negocio propio de venta de empanadas y carne de pescado. Así nació la Peña de Dardy, en los años noventa.


—No teníamos nada. Teníamos contados la cantidad de vasos y de platos. Por ahí llegaba más gente y no teníamos lugar para que se sentaran, teníamos que salir a pedirle sillas a los vecinos. En ese momento hacía todo yo solo y de a poco lo fuimos armando. Gracias a Dios nos ha ido todo bien.


Una llamada al teléfono fijo que reposa al lado de sus pies interrumpe la conversación, al terminar la llamada, suena otro tono. A cada interrupción, siempre una disculpa suya: que siempre lo llama para pedirle lugar, preguntarle precios, si es que tiene tal o cual pescado y a qué hora podrían ir. Cada vez que levanta el teléfono pregunta: “¿Quién habla?” Y rápidamente organiza una nueva cita en el comedor. Al terminar la seguidilla de llamadas, me dice “¿Qué te estaba contando, querido?”


Retomada la charla, Dardy cuenta cómo fue formándose la solidez del negocio. Fueron con el tiempo ampliando el lugar, modificándolo y sobre todo sosteniendo a pulmón un rumbo.


—Cuando recién empezamos cocinábamos únicamente los martes. Mi mujer trabajaba en el hospital de niños y a veces llegaba muy tarde, y acá seguía habiendo gente. Después agregamos los jueves, porque ese día se hacía una peña de pescado en Bajada Grande, una de las primeras que empezaron. Entonces, la gente me decía “Dardy, si vos abrís los jueves, venimos acá porque Bajada Grande queda muy lejos”. Y así fuimos ampliando. Antes la vereda estaba llena de árboles y yuyos, y cortamos para poder dar más espacio. Fuimos haciéndonos de a poco.


Los noventas no fueron años fáciles para cualquier comerciante argentino. Dardy pudo nadar en las olas que han azotado a la Argentina con su negocio, y las crisis de aquellos años no fueron menos. Cambiando un poco el tono, quizá olvidando aquella forma profunda de contar anécdotas más bien triviales, se pone un poco más serio.


—Así es, querido, cómo de a poco fuimos agrandando. ¡Y las pasamos todas, eh! ¿entendés? El 2001 fue duro, y se laburaba. Subían las cosas, pero la gente venía, había plata. Pensá que una noche del 2001 se tomaron 59 botellas de vino. ¡59 botellas de vino! Nada que ver ahora. Ahora las cosas suben y no hay plata.

—Entonces, ¿cómo les está yendo ahora?—le pregunto

—Vos pensá que antes los martes estaba siempre lleno, ahora nada.

—¿Y por qué creés que pasa?

—Por el gobierno. Esto que pasa es por el gobierno. La gente no tiene plata y ese es el problema. Vos date cuenta, pensá: acá no hay muchas fábricas, muchos de quienes vienen son municipales. Y bueno, los sueldos… ¿Cuánto cobra un municipal? Si llega al millón; que no llega… Antes los municipales venían y me decían “guardame lugar para 20”, todo eso se terminó. Ahora me llaman para preguntarme cuánto les saldría venir a comer a tantas personas. Acá venís a comer de todo, y te sale 30 mil pesos, que no es mucho, pero, ¿y si no los tenés? Si elegís tomarte un vino o dos ¿y no te alcanza para el pan?


La conversación sostiene ese tono, en una crítica constante a la gestión actual del Gobierno Nacional, Dardy dice:


—La veo muy mal para la clase media, que ya no existe. Lo que hay es una clase media baja. Este gobierno es para los que tienen plata, ahora hacen el doble —sostiene pensando con una mano en la barbilla.


No puede dejar de aclarar que para él las cosas han ido bien, que no le debe nada a nadie, mucho menos a la política, pero identifica los problemas del barrio y del oficio.


—Yo no la pienso por mí. Yo estoy hecho ya. Pero hay pila de gente que no come al mediodía. Y nadie dice nada, nadie se da cuenta. Yo no le debo nada a nadie, a ningún político, y por eso puedo decir que la culpa de todo esto es de los gobiernos


Así continúa describiendo los diferentes problemas que tiene el oficio hoy en día, sin poder evitar comparaciones con el pasado. Una crítica a la municipalidad asoma entremedio por la falta de veredas en las calles del barrio. Algunas cosas más de fondo sobre el trabajo en el comedor dan cuenta sobre cómo el paso del tiempo y la tecnología obligan a readaptar las formas de laburar.


—Encima, lo que ha matado a todos es el plástico —dice, haciendo referencia a las tarjetas bancarias—. Vos no podés venir y querer pagar 6 mil pesos por transferencia. Y además eso es un problema para los pescadores, ¿qué pescador va a tener transferencia? ¡No tienen, seguro!

—¿Cómo hacen para solucionarlo?

—Y… hay que andar juntando o pidiendo


Recorre memorioso los tiempos anteriores, no deja de aclarar que cuando todavía trabajaba con la hermana, en la época de Alfonsín, las cosas subían, pero la circularidad del mercado del pescado seguía moviéndose, a diferencia de ahora. Y de a poco va diluyendo el eje temático de la situación actual, casi como si fuera intercalando entre cuestiones anecdóticas y opiniones del presente.

Recuerda las épocas en las que Puerto Sánchez se inundaba, que las gestiones de la municipalidad fueron poniendo tierra y subiendo el terreno, que ellos mismos tenían que hacer el trabajo antes que la municipalidad se encargue o en caso de que no haya quedado bien. Y un problema en particular, que parece afectar a todo el barrio por igual según él describe.


—Yo, como te dije, soy el primero acá. Después los demás son la mayoría agregados, no son de acá. No puede ser así. Yo se lo dije el otro día a la intendenta, lo están copando gente de otros lados. Cuando había barro no había nadie acá —dice, agudizando la voz al final de las frases, haciendo énfasis—. Y no harán 10 años desde que se llenó.


Más allá de la indignación esporádica por algunos temas, hay una constante en la conversación: nunca para de destacar lo mucho que conversa con sus clientes, que le cuentan sobre la situación actual del país, sobre las cosas que hacen. Que a él le encanta “ir a charlar al pedo” al comedor para encontrarse con quienes asisten. Da a entender que tiene una visión sobre cómo vienen las cosas a medida que conversa. Por otro lado, cuenta que le da un poco de pena, porque hace poco lo operaron y no estaba pudiendo ir mucho al comedor, que desde hace tiempo su hijo maneja la mayoría del negocio y que a pesar de la crisis no piensan parar de trabajar.

El cierre de la conversación se da con la respuesta a una pregunta a raíz de la situación actual en el comedor:


—¿Qué es lo que te gustaría que pase, de acá al futuro, en el barrio y en tu negocio?


Pero no contesta. Se concentra en lo que, por el ímpetu de su voz, para él es importante:


—Para mí el futuro es que toda la gente esté bien. Que los que laburan estén bien, que tengan para decir “sí, puedo venir a comer acá”. Que las criaturas puedan comer todos los días, y que vayan a la escuela. Porque si no tenemos escuela no vamos a tener nada, vamos a ser unos burros. Claro, uno fue burro, entonces no quiere que otros chicos sean burros. Si la gente no tiene escuela y no tiene salud no tiene nada. Para mí es así, capaz que estoy re equivocado, pero yo lo digo.

—Y hay mucha gente que no lo dice, ¿no?

—Sí, es así. Y hay gente que me dice “¿cómo vas a decir eso?” Y yo les digo “¿cómo no lo voy a decir? Si es así”. ¿Por qué no lo voy a decir? Si yo no le debo nada a nadie. Yo pienso siempre en la salud y en los chicos en la escuela. Porque sino se están criando burros, como uno, que no fue a la escuela. Mi hijo siempre me dice “no hablés, no digás”. Pero no hay que taparse nada, hay que decir lo que uno siente, y yo siento eso.


Un silencio largo sigue a la última frase, nos agradecemos y nos saludamos. Dije que no quería quitarle más tiempo, pero me respondió que él iba a estar ahí, que ahora estaba bastante libre. Sea como sea, me dice: “¡Chau, querido!”, y vuelve la mirada al frente, al comedor del que es dueño.

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