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Peón de albañil

  • elceiboportal
  • 9 jun
  • 9 min de lectura

Por Carlos Matteoda

A los 54 años, Luis Goró trabaja tanto como cuando era joven y es alegre como cuando era niño. Con las manos blancas por la cal o por la harina, su suerte ya está echada: vivir al día. La familia, el alcohol, la fe y una firme decisión: aguantar, siempre aguantar.



Un tipo está caído al lado de la vía, a las cinco de la mañana. Los malandrines le robaron la bicicleta y un par de palas. No le pudieron sacar la mochila, que pesa mucho, y en un momento les dio miedo que estuviera muerto. Se van, viene el tren. Pasa. A menos de un metro de su cabeza. Aturde, pero el tipo no reacciona.


Luis no habla como alguien derrotado. Habla como alguien acostumbrado a sobrevivir. No tiene ni puta idea de quién fue Nietzsche, pero su cotidianeidad objeta la genealogía del resentimiento: no busca culpas afuera. Vive, a su modo, una falsa conciencia marxista, pero qué otra cosa podría hacer.


A Luis Goró le gusta sacar selfies para demostrar que estuvo ahí. En una obra, en una cancha, en una iglesia evangélica de Rosario o montado en la Appia 150 con la que cruza Paraná buscando changas. La Appia está bastante destartalada, algunas partes atadas con alambre y soga, pero cubiertas nuevas, chinas por supuesto.


Tiene 54 años, y el ruido del tren no se fue, vive en su cabeza. Las uñas comidas por el cemento y una presión arterial que controla con Enalapril dos veces por día. Dice que trabajó casi toda su vida en la construcción, pero cuando habla de trabajo no habla de edificios ni de paredes: habla siempre de aguantar.


Trabajó en blanco, pero ahora ya no. No hay vestigios de afecto cuando menciona las empresas en las que estuvo, aunque recuerda que en Quaranta pagaban bien. ¿Qué es pagar bien?


Busca leña del montecito, o compra si está mojada, para que ella haga esos panes deliciosos que vende tres días a la semana. No hay remordimiento ni indicios de fracaso, a los 54 años vive en la casa de la que sería su suegra si Carina lo llamara marido o algo así, pero por ahora no le han puesto nombre a la relación. Mi novia, dice él a veces.

Tenía 17 años cuando empezó de peón albañil, como ahora: peón de albañil. En ese entonces ya hacía rato que trabajaba vendiendo verduras en la calle, de canillita de El Diario, o lo que hubiera para vender. Siempre con el Gringo, un hermano más chico y fortachón, con el que iba a la Escuela Hogar.


Ahí tomaban leche a la mañana, almuerzo al mediodía y otra leche a las cuatro de la tarde. Y cuando les volvía a dar hambre, iba con el Gringo -Basilio Enríquez- a pedir a la zona del Patito Siriri, donde había muchas casas con sus puertas abiertas y ellos pasaban nomás, a pedir, nunca robaron nada.


Volver a casa era la certeza del castigo paterno, no por andar pidiendo, sino porque era su padre nomás. Ése que le dio el apellido. “No el que nos engendró”, dice Luis usando un término que en la Biblia aparece más de 190 veces con diferentes conjugaciones.

Enríquez, el genitor, se fue una noche fría, y nunca volvió. El padre, Goró, fue el de los castigos, pero también el que siempre le dijo que más vale pedir que robar, nunca hay que tocar lo ajeno. Claro que sí.


Goró se hizo cargo de esos nueve hermanos, aunque al Gringo no le dio el apellido. La prole de esa mujer abandonada que tenía un trabajo estatal en blanco. La madre que siempre los protegió, del mundo y especialmente de Goró. “Era malo, pero lo perdoné”, dice Luis que se recuerda gurisito mirando la bolsa de pan atada de un tirante del techo, para que nadie sacara. Goró sabía cómo había hecho el nudo y si no lo encontraba igual, los molía a palos.


Cómo no imaginar entonces que Luis regale algún pancito cuando sale a vender. Carina hace entre 32 y 44 panes, y Luis los vende a 3.500 pesos cada uno. “Con harina cuatro ceros y chicharrón hecho en casa”, atendido por sus propios dueños. En el mejor de los casos pueden quedarle cien mil pesos, libre de gastos. Si vende todo, claro. Carina es una buena mujer. Igual que Mirta Graciela Gaibe, que cumplió 72 años en febrero y se jubiló el último día hábil de noviembre de 2024. “Siempre nos protegió, siempre”.


Hace dos años Goró partió hacia la tierra del olvido. Hasta ese momento Luis, Basilio y dos hermanas le cambiaban los pañales porque estaba postrado y le habían amputado las dos piernas. Goró le enseñó algunas cosas, entre ellas ser un niño que vivía con miedo. “Él era malo, papá era malo. Un cuchillo en la cintura, un cuchillo en la espalda y nosotros éramos chicos”. Era riesgoso tocar la bolsa del pan.


Luis lo perdonó porque la Iglesia Evangélica le enseñó a perdonar. “Si no perdono de corazón, mi corazón está lastimado”. Y le dijo: “Vos sos mi papá, me criaste, no hay otro”. Pudo sonar raro en boca de ese albañil de 52 años que hacía un balance generoso de esa parte de su vida. Y fue de las últimas cosas que escuchó Goró el día que se murió, cuando el problema de conseguir un ataúd postergó otras reflexiones.


***



Luis trabajó en blanco, sí. Empezó en la empresa Ingeniero Ángel Luis Moia, a los 17. Pasó por Cavalli, Quaranta y otras más. Dice Anses que tiene 18 años y tres meses de aportes. Dice la abogada que puede comprar unos años de aportes para completar los 25, pero igual necesita trabajar en blanco un par de años más.


La informalidad fragmenta las trayectorias laborales y Luis es parte de esa regla. Un albañil promedio en Argentina llega a la edad de retiro acumulando apenas entre 15 y 18 años de aportes efectivos en el sistema previsional (ANSES).


El convenio del gremio de la construcción establece un sistema de remuneración complejo para mediar entre el sacrificio del trabajador y el afán empresario. Contempla categorías profesionales —oficial especializado, oficial o ayudante— y salarios básicos abonados por hora que varían de acuerdo con la zona geográfica, sumando además un plus del 20% por asistencia perfecta, bonos quincenales y un Fondo de Cese Laboral que reemplaza el pago por antigüedad.

No se paga la experiencia, la inestabilidad laboral es estructural y el salario muy bajo. Luis, en esas condiciones, ganaría un millón cien mil pesos más o menos. La canasta básica del Indec fue de casi un millón y medio de pesos en abril.


Si esto es duro, la realidad es mucho peor. Sin embargo, el negreo no lo indigna, es parte de las reglas de juego. Tener un recibo de sueldo en el bolillo abriría puertas, aunque sean las de Tarjeta Naranja o de alguna financiera usuraria.


A Luis le gustaría jubilarse pero no busca trabajo en blanco porque teme que, según le han dicho, si lo consigue le quiten la AUH a la madre de Tahiel, que ahora tiene 10 años. Tahiel Daniel Joshua no le habla, la madre no lo deja; por eso él va a verlo jugar al fútbol y se queda lejos. Espera que Dios ayude a su hijo, que tiene su apellido y no le guarda rencor a la madre, con quien convivió algunos años luego de enviudar.


“Dejá las cosas así nomás, seguí changueando hasta que Tahiel sea más grande”, le dice a Luis una de las tres hijas de su primer matrimonio, que habla con la madre del pibe, que es la mujer con la que se fue a vivir cuando su finada primer esposa lo echó por borracho y él no entendió que no quería que se fuera. El ruido del tren no se va, está en su cabeza.


Las estadísticas de la construcción son parciales. La informalidad puede ser del 60, 70 u 80 por ciento. El freno a la obra pública arrasó con el trabajo registrado impulsando a miles al rubro de las changas. La venta en los corralones cayó 50 por ciento o más en los últimos dos años. Y los pocos relevamientos que hay indican que lo que se paga por los trabajos es la mitad o menos de lo que fija el convenio.


“Te pagan los días trabajados. No tenés aguinaldo, no tenés vacaciones, no tenés nada, nada, nada. Nada, no tenés nada… nada”, cada uno de los seis “nada” suena distinto, tal vez cada uno es un derecho más que no tuvo en su vida laboral.


Luis conoce esta realidad, no hay casi obra pública y en las obras privadas no toman gente, pregunta y nada. Por eso agradece a ese muchacho que lo busca un par de veces por semana para algún trabajito que al final del día le reporta 30.000 0 40.000 pesos. Y por eso lo del pan más es un rebusque y lo hace con alegría, charla y oferta su producto. Sin vergüenza, si nunca robó por qué habría de tenerla.


***


Luis asoma la cabeza y saluda a un vecino, evangélico como él. Cava un pozo negro, el calor y la humedad agobian. Le duele la espalda hace años, y las rodillas también. Cada dolor que arrastra por décadas le parece una obviedad, aunque si tiene que elegir sufrimientos prefiere los del verano, porque el día rinde más. No por nada uno de los momentos laborales que mejor recuerda es cuando trabajó en la planta transformadora de Enersa del Acceso Norte, cuando podía hacer hasta 12 horas continuas en época estival.


Hace años que quiere asomar la cabeza del pozo, de un pozo más oscuro. Su finada mujer le tiró agua helada esa mañana para despertarlo. Luis cobraba todos los viernes, y recién volvía a su casa el domingo a la noche o lunes a la madrugada, sin un peso, y sus hijas estaban cagadas de hambre. Igual su mujer lo aguantaba; pero esa madrugada había llegado sin nada, ni la bici, ni las palas, ni la esperanza de que algún día cambiara.


Bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque solo les queda ir hacia arriba. Hace 19 años que Luis trata de asomar la cabeza.


Cavalli construía las 80 viviendas de calle Jorge Newbery. Terminada la jornada laboral hicieron una changa linda en la casa de un vecino. Era colocar unos caños de desagües cloacales y una cámara séptica. Terminaron y se fueron a tomar a la casa de un vecino, y a la casa de otro, y a un bar, y cuando ya no había a dónde ir, Luis enfiló para su casa. En un rato debía volver a la obra, pero quedó tirado ahí, al lado de la vía, inconsciente. Cuando despertó caminó por la vía unos kilómetros hacia La Picada, hasta que se dio cuenta de que su casa quedaba para el otro lado. Finalmente llegó y le abrió su suegra, sin mirarlo. Y al rato el agua helada. Su mujer lo obligó a volver al lugar donde se había desvanecido y a preguntar a los vecinos. No recuperó nada, le costaba mirar a los ojos a sus hijas y le pidió a Dios no tomar más.


Aguantó 15 días. La convertibilidad propiciaba el consumo y en los supermercados de Paraná una cerveza de litro en envase retornable podía conseguirse a 70 centavos, o a un peso en los kioscos. Un peso pa’ la birra.


Doña Gaibé cumplía años. Ese martes Luis tenía 50 pesos en el bolsillo y con el Gringo se tomaron cuatro cajones y dos cervezas más. Al otro día comenzaba a trabajar en la construcción de la planta potabilizadora de agua de calle Echeverría, a las siete de la mañana. Ya tenía aprobados los estudios preocupacionales.


Se acostó recién a las siete. Y a las cuatro de la tarde, el encargado de la obra lo atendió un minuto para decirle que no volviera más. Sintió otra vez el agua helada. Le costaba mirar a los ojos a sus hijas. El kilo de pan francés costaba 35 centavos, una leche entre 30 y 40, y un peso el kilo de carne picada.


Lo echaron de la casa y se fue a vivir con la mamá de Tahiel, algo que sus hijas nunca le perdonaron, dice triste mientras se retuerce los dedos endurecidos por años de trabajo. Hace 19 años que no toma alcohol. Lo logró solo, tal vez por dignidad, aunque no cree que haya tanta culpa en el consumo que muchos llaman “problemático”, pero que ayuda a aguantar los rigores del oficio.


Para Luis, el alcohol era festejo y olvido del dolor, nunca probó otra cosa. No juzga a los que toman merca barata para no comer o no dormir. O para darse valor en la altura de los andamios con los botines mojados. No juzga porque sabe que el alcohol es la puerta de todo eso. Los estudios técnicos advierten que muchas veces las adicciones en la construcción son "mecanismos paliativos" frente al dolor físico, el estrés o la desocupación cíclica, circunstancias que para él siempre fueron parte de su vida.


***


Mira el teléfono para ver si va a llover, por si lo buscan para la changa que le prometieron. Lo chiflan desde el techo de una casa donde están impermeabilizando, y le piden un pan con chicharrones. Tal vez lo conocen esos muchachos. Corre para llevarlo con la misma sonrisa que hace 40 años, cuando lo llamaban para darle algo en esas casas del Patito Sirirí, siempre abiertas. “Tengo Mercado Pago, amigo”, dice Luis y se acomoda la gorra. Después se sube a la moto y se va, para seguir aguantando.

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