Rendirse no es una opción: una comerciante resistiendo con su familia a la crisis del sistema
- elceiboportal
- 16 jun
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Actualizado: 22 jun
* por Brian Panizza
La de Roxana es la historia de una comerciante de 49 años que enfrenta jornadas interminables detrás del mostrador para mantener a flote su negocio familiar y subsistir a la crisis del sistema. Además de conocer las injusticias de un modelo que asfixia al laburante, carga con el peso de haber conocido límite de su salud tras sufrir un grave colapso por estrés. Un retrato crudo pero necesario sobre los sacrificios invisibles, las difíciles condiciones materiales y la dura batalla diaria por la supervivencia en un mercado desregulado y desigual.

En un pequeño local de la calle Santa Fe al 450 se encuentra una despencita fácil de identificar por el enorme logo de “Mogul”. Allí trabaja Roxana Maria del Valle y su marido, dos comerciantes que llevan más de una década emprendiendo en el rubro. El tintineo de la puerta de entrada interrumpe constantemente la charla. "Hola, ¿figuritas (del mundial) tenés?” le preguntan, "No, hasta mañana no hay", repite la mujer de 49 años que, detrás del mostrador, atiende desde hace más de una década de trabajo ininterrumpido su propio local de comercio. En el ida y vuelta con los clientes que entran a buscar bizcochos, sándwiches o quesos, ella despliega una calidez que la convierte, casi sin querer, en la psicóloga del barrio. "Sobre todo la gente grande; vienen, me empiezan a contar y yo los escucho", confiesa. Pero detrás de esa mujer enérgica que asegura seguir laburando "como una chica de 20", se esconde una historia de sacrificios profundos, caídas financieras, crisis de salud y el eterno dilema del trabajador independiente: elegir entre parar o seguir para sobrevivir.
Al lado, el colegio La Salle, a media cuadra, Plaza Carbo, y a una cuadra la Facultad de Ciencias de la Educación y Plaza Alvear, Desde hace muchos años es la despensa a la que los estudiantes van a comprar algo para comer o tomar y seguir la jornada, del mismo modo que lo hacen quienes trabajan por la zona de Casa de Gobierno.
Llegamosen un horario en el que justo empezaban a entrar el pico de clientes, a eso de las 18h los vecinos de la zona salen de trabajar o estudiar y van a comprar algo a la despensa Roxana solicita que vuelva al día siguiente una hora o media hora más temprano. Al ser ella sola quien atiende a la tarde, no podía darse el tiempo de tener una conversación fluida.
Su historia laboral comenzó temprano, empujada por la necesidad de una familia humilde de seis hermanos. En el año 2003, cuando su padre debió dejar de trabajar por graves problemas de salud —una doble hernia de disco y una hernia estomacal— y su madre enfermó, ella y uno de sus hermanos asumieron la responsabilidad económica del hogar. "Fuimos dos únicamente los que decidimos decirle: 'Papi, no trabajás más'", recuerda.
A partir de allí, su vida tuvo que adaptarse a los horarios rotativos y las exigencias corporales que implica el trabajo de empleada de comercio. Empezó en la cadena Casa Tía, que luego pasó a ser Norte y finalmente fue adquirida por la multinacional Carrefour. Siendo mamá soltera de joven, las responsabilidades se duplicaron, y mucho más cuando llegó a ser encargada y la empresa la trasladó a la localidad de Campana, en la provincia de Buenos Aires. La distancia no la detuvo, pero sí fragmentó su descanso: "Viajaba todos los fines de semana por medio para ver a mi viejo. Salía los sábados a la una de la tarde del trabajo, me tomaba un colectivo y volvía el domingo a la noche. Llegaba a las 5 de la mañana y a las 6 ya entraba a laburar".
"A mí no me falta sueldo, me sobra mes", expresa en un momento. Hoy, la realidad del comercio propio no es muy distinta a la del resto de rubros y trabajos de la clase trabajadora: la estabilidad prende de un hilo y, peor aún, ese hilo depende de políticas de Estado. Con un local que permanece abierto de corrido desde las 8 de la mañana hasta la medianoche —y que los fines de semana extiende su horario hasta las 2 de la mañana—, el negocio familiar devora el tiempo libre y la vida social, y la posibilidad de dejarlo no existe, es la única forma de sobrevivencia en estos tiempos de crisis. "La vida del comerciante es muy esclavizante y más cuando dependes solo de esto", analiza, aunque asegura que no se arrepiente de haber elegido este camino.
Estudió en una escuela de comercio y en 2015 decidió abrir su propio camino independiente. Comenzó en un local pequeño dentro de un complejo de cuatro establecimientos, el mismo donde hoy funciona una librería. Con el tiempo, fue sumando mercadería de a poco y creciendo en esto de la oferta y la demanda. Durante la primera apertura de la pandemia se mudó a un local más grande en el mismo edificio, pero en marzo todo volvió a cerrarse. Aunque logró subsistir a la cuarentena gracias a unos ahorros, el sendero del comerciante estuvo lleno de baches: "Me fundí dos veces. Lo volví a remontar". La primera quiebra ocurrió en el local chico, durante el gobierno de Mauricio Macri; la segunda, mucho más reciente y feroz, la golpeó en enero de este año, con el gobierno de Javier Milei.
Dos gobiernos que tienen una dirección similar, han aumentado la carga impositiva a los pequeños comerciantes y elegir como variable de ajuste a la clase obrera, en lugar de reajustar el mercado ha llevado a la caída del consumo, lo que castiga a las despensas, kioscos, bares o pequeños supermercados al sufrir una caída en las ventas y por ende en los ingresos necesarios para su funcionamiento.
Ella lo deja claro cuando dice que: "En enero se nos vino muy oscuro... prácticamente nos quedábamos en la calle. Si un amigo no me hubiese tendido la mano y prestado plata para no cerrarlo, nos quedamos en la calle. Literal". En este sentido, me confirma que el negocio es su única fuente de ingresos y que tampoco tienen casa propia; también alquilan el lugar donde viven. Me comenta que el local subsiste en una economía de guerra donde "se trabaja para pagar impuestos y sobrevivir". Los gastos fijos se volvieron monstruosos: el alquiler del comercio asciende a 900.000 pesos —y aumenta cada cuatro meses por inflación—, a lo que se suman 100.000 pesos de expensas, los costos de internet y contador, y una boleta de luz de 1.200.000 pesos debido a los aires acondicionados necesarios para mantener las heladeras. Además, su condición de Responsable Inscripta la obliga a pagar IVA y ARCA. "En eso estamos creo que el 90% de los negociantes, atrasados, esperando moratoria para llegar a un arreglo de pago", admite.
Para sostener la persiana alta, el ajuste tuvo que ser drástico. Tuvieron que prescindir de toda la ayuda externa: dieron de baja al empleado de cuatro horas, luego al de ocho horas y finalmente a la chica que la ayudaba tres veces por semana en los quehaceres de su hogar. En su casa se recortaron los servicios, se pidieron promociones en el cable y se cancelaron todas las suscripciones de streaming, dejando solo una para su hijo menor de 16 años. Salir a comer afuera o comprarse un par de zapatillas pasó a ser un recuerdo de hace más de un año. Hoy la prioridad absoluta es subsistir y terminar de pagar el "viaje de egresados", el salón y las fotos de su hijo más chico que está en el último tramo de la escuela secundaria.
No obstante, la economía no es lo único que ha sufrido Roxana. Su trabajo constante le cobró la factura más alta entre 2022 y 2023 y puso en riesgo su vida. El auge de ventas por el Mundial de Fútbol desató una demanda frenética en el local que disparó sus niveles de estrés. La rutina diaria consistía en entrar a las 9 de la mañana, salir pasadas las 2 de la tarde, regresar antes de las 5 y cerrar a las 11 de la noche. Su cuerpo, silenciosamente, empezó a colapsar. Comenzó a perder peso drásticamente —bajó 15 kilos, llegando a pesar 43—, sufría de dolores de cabeza, calambres y una extrema sensibilidad a la luz y a los ruidos, síntomas que ella misma minimizaba atribuyéndose al cansancio de estar todo el día de pie reponiendo mercadería. "Estuve a tres horas de irme con San Pedro", relata con crudeza. El diagnóstico médico fue un baldazo de agua fría: un pico de diabetes tipo 1 provocado puramente por el estrés. "El médico me dijo que tuve suerte, porque me pudo haber dado un ACV o un ataque cardíaco directamente".
A pesar de que le recomendaron ir al psicólogo para adaptarse a la rutina de inyectarse dos tipos de insulina diariamente, ella decidió dar pelea a su manera, apoyada en una estricta alimentación proteica que ya mantenía desde hacía una década y en la firme convicción de que la enfermedad no iba a ganar ni a paralizar su vida. Sin embargo, hoy la obra social no está garantizando correctamente los medicamentos, la crueldad del nuevo gobierno no solo fue un ajuste a la clase trabajadora y la suba de la carga tributaria a los emprendedores, si no que también incluyó el vaciamiento de todo el sector público, lo que llevó a una disminución en remedios, y también en la cobertura médica de muchas obras sociales. Esto suma un problema más a su vida, la dependencia de la insulina que muchas veces es un gasto enorme que se suma al costo de mantenimiento del local y el pago del departamento donde vive con su familia.
Otro de los problemas que le ha generado vivir de este oficio es el tiempo no compartido con sus hijos, que a la fecha tienen 16 y 31 años. Recuerda algunos de esos momentos perdidos y me expresa que: "Mi hijo más chico, cuando juró la bandera en cuarto grado, me dijo: 'Me sentí re solo, todos los papás estaban y faltabas vos'. Te quiere hacer sentir mal". "Lamentablemente, o trabajo y comés, o me quedo y dormimos en el banco de una plaza". Con su hijo mayor la historia se repitió; entraba a trabajar a las 6 de la mañana y regresaba a las 10 de la noche. Aunque asegura que los días de franco se los dedicaba por entero. Lo loco de todo esto es que su hijo mayor hoy trabaja en Carrefour por elección, ya que ella le dio la opción de ir a la universidad y optó seguir el camino de su madre, y tan así es que empezó a vender ropa por su propia cuenta, es decir a emprender en el comercio.
A pesar de las ausencias, de haber perdido amistades de más de veinte años por el camino y de las marcas que el estrés dejó en su salud, ella encuentra un refugio y una compensación en el calor humano de sus clientes, en su círculo íntimo de tres amigos incondicionales –entre ellos su hermano– y en el apoyo de su actual compañero de vida, con quien resisten y luchan día a día para sostener ese proyecto que les permite vivir de lo que ambos han elegido como modo de vida. Además tiene dos hijos y cuatro gatos, y viven todos juntos en una casa que alquilan. No tienen quizás capital económico como para poder hablar de riqueza, pero si tienen el capital humano y simbólico de saber a qué clase pertenecen y sentir orgullo de pertenecer a ella.
El ida y vuelta en el comercio continúa. Entra un cliente habitué, bromea con la entrevista y ella se ríe: "¡Disculpa, en una de esas me ves en Hollywood!". La persiana sigue alta, las luces encendidas y Roxana sigue allí, firme detrás del mostrador, balanceando el peso de una vida de trabajo con la inquebrantable dignidad de quien sabe que, en su mundo, bajar los brazos nunca fue una opción. Ella dice, “si vos me preguntas si me arrepiento de este camino o si lo cambiaría, te digo que no”. Es que, cuando ya has pasado tantos años ejerciendo un oficio, sabes mejor que nadie que, como dice el Indio Solari: “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”.




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