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‘¿Usted se cree trabajadora?’ Irina Muñoz y la lucha por organizar lo invisibilizado

  • elceiboportal
  • 8 jun
  • 11 min de lectura

por Helena Server


En 2026, las tareas domésticas y de cuidado continúan recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. Gran parte de ese trabajo sigue siendo poco reconocido, mal remunerado o directamente naturalizado como una obligación femenina. En ese escenario se inscribe la realidad de las trabajadoras de casas particulares, uno de los sectores más precarizados del mercado laboral argentino y, al mismo tiempo, uno de los más indispensables para el funcionamiento cotidiano de la sociedad.


Para reunirme con Irina Muñoz, cruzo las puertas de la Escuela Normal J.M. Torres. Ahí, por la tarde, funciona como sede de UADER (Universidad Autónoma de Entre Ríos). Irina está estudiando profesorado de Historia, acaba de rendir un examen y me espera en un aula vacía de la escuela para nuestra entrevista.

—Terminé antes de la hora que te dije así que me fui a merendar y volví—me dice luego de saludarnos, mientras me siento del otro lado del escritorio en el que se instaló. El aula está totalmente vacía, puerta cerrada, como si la hubiéramos reservado para nosotras solas.

La escena parece sencilla: una estudiante universitaria después de un parcial. Pero Irina también es empleada de casas particulares, referente del Sindicato de Empleadas de Casas de Familia de Entre Ríos (SECFER) y una de las mujeres que, desde hace casi dos décadas, impulsan la organización gremial de un sector históricamente invisibilizado. Su historia personal está atravesada por una convicción que repite a lo largo de toda la entrevista: las trabajadoras de casas particulares no ayudan, no colaboran ni hacen favores. Trabajan.

En un primer momento, Irina me pregunta qué tipo de perfil de empleada estoy buscando yo para mi pieza. Desde el principio marca que existe una diferencia entre unas y otras.

—Existe una diferencia marcada entre los perfiles de las compañeras. Todavía veo a muchas que siguen con la idea de trabajar como 'servicio' o bajo la lógica del 'yo ayudo, que no se vayan a enojar'. No lo ven como un trabajo, sino como una relación de amistad con la empleadora. Son posicionamientos diferentes a la hora de pensarnos. Yo me posiciono como trabajadora, me pienso con derechos y también como mujer que busca la militancia feminista.

El escenario gremial de las trabajadoras domésticas en Entre Ríos en general, y en Paraná en particular, está delimitado por dos organizaciones con trayectorias y modelos de gestión contrapuestos: UPACP (Unión Personal Auxiliar de Casas Particulares) y SECFER (Sindicato de Empleadas de Casas de Familia de Entre Ríos). Por un lado, UPACP representa la estructura tradicional e histórica. Alineado a la CGT, es el gigante del sector a nivel nacional con más de un siglo de historia y con presencia en la capital entrerriana desde 2010. Nuclea más de 50.000 afiliadas y posee el monopolio de la Obra Social de las trabajadoras del sector, OSPACP. Por otro lado se encuentra SECFER, un actor sindical más reciente que nació bajo una lógica de resistencia y organización colectiva. Cobijado por la CTA Autónoma, el sindicato posee un fuerte arraigo territorial e identitario. Si bien el proceso de organización y las primeras asambleas en Paraná comenzaron a gestarse en el año 2006, la organización obtuvo su inscripción gremial formal en 2013.

En el discurso de Irina se notan los años de entrevistas y testimonios dados, las reuniones, las conversaciones y los talleres gestados desde adentro y desde el principio. Irina, junto a su hermana Manuela Muñoz, fueron parte de los inicios de la conformación del SECFER.

—Nuestro grupo nació en la Central (CTA) en los años 2000. Desde el principio nos juntábamos con las compañeras meretrices y con las vendedoras ambulantes. Compartir con ellas te hace pensar el trabajo de otra manera.Cuando entré al sindicato no venía de la militancia. Me enteré por medio de una compañera que en la CTA estaban buscando empleadas de casas de familia para organizarse. Yo era una de las pocas que estaba registrada en ese momento, bajo un viejo decreto de la época de la dictadura militar que reconocía muy pocos derechos. Me parecía totalmente injusto que, estando registrada, no tuviera las mismas garantías que cualquier otro trabajador. Así que fui a mi primera reunión un martes a las ocho de la noche en la sede de calle Tucumán, en pleno invierno. Ahí, un compañero del gremio que nos daba una mano para orientarnos en la organización nos dijo algo importante. Debíamos tener en claro nuestro proyecto político. Si nos juntábamos únicamente a desahogarnos por lo mal que la estábamos pasando iba a ser una catarsis divina. Pero no podíamos quedarnos ahí, teníamos que transformarlo en una propuesta política de cambio organizado.Con mi hermana Manuela y otras compañeras empezamos a volantear en las paradas de colectivos. Sabíamos que ese era el lugar estratégico; si los dejábamos en el centro, los empleadores los iban a tirar a la basura y tampoco queríamos exponer a nadie. Así fue como encontramos a Marta Quintana, una de las fundadoras, que vio un folleto escondidito en el banco de una parada.En esas primeras asambleas se juntaban señoras de 50 o 60 años con nosotras, que apenas teníamos 20. Era muy variado. Muchas empezaron a llegar. Pero el camino no fue fácil.

En todo el tiempo que charlamos en el aula, pocas veces intervengo para que continúe hablando. Irina sabe lo que quiere contar, y cómo contarlo. Su presencia es sumamente amistosa y cálida. Y, sin embargo, su relato es afilado, preciso y cargado de los años de estudio y debate que exige ser referente de un sindicato y, nada menos, uno que está casi enteramente integrado por mujeres.—­Tiempo después, en un encuentro sindical en Córdoba, vivimos una situación de mucha violencia institucional. Estábamos discutiendo sobre violencia laboral y un dirigente varón, jujeño, se levantó desde el fondo y me enfrentó: '¿Esta qué se cree, estar acá? ¿Se cree trabajadora?'. Nosotras nos plantamos y le respondimos que claro que éramos trabajadoras, y les advertimos también a los demás gremios: 'Ojo, porque ustedes, dentro de la clase obrera, muchas veces también son nuestra patronal'. Tardó muchísimos años en aceptarse nuestra presencia en el mapa sindical.

La interseccionalidad de la opresión se ve claramente en la experiencia cotidiana de las trabajadoras de casas particulares, que además de tener que luchar por sus derechos como trabajadoras, muchas veces precarizadas, también tienen que plantarse en su posición de mujeres frente al ninguneo de un sector que históricamente las invisibilizó. El episodio del dirigente gremial que increpó a Irina al grito de «¿esta qué se cree, se cree trabajadora?» expone con crudeza este cruce de opresiones. Para el sindicalismo tradicional, el trabajo del hogar —por estar feminizado y recluido al ámbito privado— no era considerado un empleo real. Al responderle que esos mismos obreros eran, puertas adentro, su propia patronal, Irina desnudó una paradoja estructural: la vulnerabilidad de estas mujeres no solo se disputa frente al Estado, sino en el corazón de una clase trabajadora que muchas veces reproduce la misma precarización y violencia que dice combatir.

Irina mira su celular.

—Estoy esperando que me avise una amiga que está por acá, para devolverle la computadora que me prestó para estudiar. Es mi compañera de cursada, nos acompañamos desde que arrancamos y nos mantenemos al día la una a la otra para no dejar. Todos tienen un compañero así.

Una sonrisa cruza su rostro al pensar en esa amistad, o al recordar el gesto de prestarle algo tan valioso, o al leer el mensaje que le acaba de llegar.

—Entre nosotras somos así siempre, nos ayudamos en lo que podemos.

Si bien en este caso se refiere a una compañera de facultad, se puede intuir que está acostumbrada a ayudar a otras y dejarse ayudar. Esa red de auxilio mutuo que Irina describe cuando habla de las trabajadoras domésticas revela una desprotección estructural de muy largo aliento. Existe un proyecto de investigación gestado en la Facultad de Trabajo Social de la UNER, denominado “Protecciones sociales y espacios de sociabilidad en el trabajo doméstico remunerado orientado a las tareas de cuidados”. En él, sus autoras analizan el empleo doméstico y de cuidado en la capital provincial. Uno de los datos que revela es que la informalidad laboral en el sector ronda el 70% en Entre Ríos; y el problema afecta de manera casi exclusiva a las mujeres.

—En Argentina, a pesar de tener una ley regulatoria, más de la mitad de las compañeras sigue sin estar registrada. Uno de los problemas más habituales es la jubilación. Cuando somos jóvenes y tenemos hijos, muchas veces se deja la vida laboral para abocarse al cuidado, lo que genera baches en los aportes. Las moratorias previsionales eran el mecanismo que teníamos para pagar esos años que nos faltaban y poder jubilarnos, pero con las políticas de este gobierno, que además eliminó las penalizaciones al trabajo no registrado, hemos quedado mucho más precarizadas. También luchamos contra el trabajo infantil, que la gente cree que es un tema ya superado y no lo está. En el norte de nuestro país se sigue trabajando por un plato de comida.

Seguimos hablando de lo que significa para ella posicionarse como trabajadora, y como feminista.

—La participación en espacios colectivos es importante porque te hace seguir pensándote con otras. Para mí, momentos como el Encuentro Nacional de Mujeres nos permite construir junto a otras compañeras. Si nos cerramos, termina siendo un 'nosotras, nosotras, nosotras' en soledad. A diferencia de algunos sindicatos tradicionales que se cierran solo en las trabajadoras del sector, yo sostengo que tenemos que salir a dialogar con otras mujeres. Lo que nos pasa a nosotras —la explotación, el no reconocimiento de nuestro trabajo, la normalización del cuidado no pago— también lo viven las demás. Tenemos que discutir el cuidado de manera integral entre todas. Aunque parezca lógico, cuesta mucho.El mundo sindical me enseñó a preguntarme: ¿a qué nos juntamos? ¿A hablar de lo mal que estamos o a proyectar? El proyecto político te cambia todo, te da una responsabilidad, te une y te organiza.


***


—Hay una frase que me gusta mucho: el "cuerpo roto" o "cuerpo devastado" —dice Irina, y esas palabras suenan fuertes en el aula vacía de la Escuela Normal—. Nos falta pensarnos desde la salud laboral. El cuerpo dañado se siente; yo puedo trabajar seis horas duro, pero ya empiezo a sentir el dolor en la espalda y el calambre en las manos al dormir. Imaginate las compañeras más grandes. Es un desgaste físico enorme.Además el trabajo de cuidado tiene una carga psicológica y emocional tremenda. Cada casa es un mundo que se suma al tuyo propio. A las cuidadoras, sobre todo a las oncológicas que acompañan procesos largos, siempre les recomiendo que intenten rotar, cambiar a tareas de limpieza y descansar, porque lo psíquico agota el cuerpo. Las empresas de cuidado pretenden jornadas de 12 horas seguidas. Yo siempre voy a pelear contra eso: no somos máquinas, padecemos, envejecemos, nos pasan cosas.

Las palabras de Irina desarman la lógica con la que históricamente se midió la salud de los trabajadores. Mientras que la medicina laboral tradicional calcula el desgaste según el esfuerzo físico medible de los entornos industriales —el peso de una carga, las horas de pie en una fábrica—, el empleo doméstico y de cuidado destruye la salud a través de una combinación invisible. Son aquellos dolores crónicos y los micro desgastes del cuerpo, sumado a la somatización emocional.

La frase sobre el "cuerpo roto" que recupera Irina funciona como un puente hacia los planteos de Pascale Molinier, psicóloga social e investigadora francesa especializada en la psicodinámica del cuidado. Molinier sostiene que en este tipo de tareas el sufrimiento ético y psíquico inevitablemente se somatiza: la tensión constante de anticiparse a las necesidades de un tercero y la carga de absorber la angustia ajena terminan transformándose en agotamiento crónico. El cuerpo se desgasta el doble porque opera en un estado de alerta emocional.

—En este trabajo ves realidades muy íntimas y crudas, como la inmensa soledad de los adultos mayores o de las infancias en el centro. He pasado Navidades enteras acompañando a un abuelo porque ningún familiar iba a ir a verlo, y no lo hacés porque te lo paguen, sino por humanidad. También ves nenes de dos o tres años solos todo el día, donde la trabajadora termina siendo la que les dice que coman o la que pone los límites.

Es en esa delgada línea entre el afecto y la explotación donde se juega la encrucijada del sector. El sistema muchas veces se aprovecha la empatía de las trabajadoras para estirar los márgenes de la informalidad.

—Cuando tenés la suerte de dar con una buena familia, que te registra, te respeta, te cuida del frío y te trata como persona, el vínculo es ameno y se extraña el día que se termina. Yo cuidé a una abuelita hasta que falleció y siempre la recuerdo. La afectividad nos atraviesa, pero el balance que tenemos que hacer es que esa afectividad no sea el arma que el empleador use para atraparte y no registrarte. Si la considerás "de la familia", registrala para que cuando sea viejita tenga una jubilación y otra persona la pueda cuidar a ella. No le des 12 horas de trabajo, dale sus 8 horas y sus derechos legales.


***


La tarde va cayendo sobre el aula de la Escuela Normal. En medio de su relato, a Irina parece venírsele un recuerdo concreto.

—Hay algo que me da mucha bronca de cómo se nos muestra. ¿Por qué siempre que escriben una nota o publican algo sobre las empleadas domésticas ponen una imagen de productos de limpieza, de una mano con un guante amarillo o un balde? Nosotras somos muchísimo más que eso. No somos el objeto con el que limpiamos.Una vez, un conocido me preguntó, casi con gracia, si cuando nos juntábamos en las asambleas del sindicato era para hablar de escobas —recuerda—. Existe esa idea de que la empleada doméstica solo puede discutir sobre qué lavandina usar, como si no tuviéramos la capacidad de pensar la política. Pero las cosas cambiaron. Hoy en día las compañeras están mucho más conscientes de su lugar; van a las reuniones, discuten las leyes y dicen con orgullo que son empleadas domésticas. Ya no agachan la cabeza. Es un posicionamiento político.

Para Irina, esa conciencia choca de frente con una estructura legal que todavía las trata como trabajadoras de segunda. El orgullo de la identidad contrasta con la falta de derechos que para otros sectores de los trabajadores son básicos.

—Estamos muy desprotegidas en comparación con otros sectores —enumera Irina—. No tenemos licencia por estudios, por lo que una empleada que trabaja "cama adentro" tiene casi imposible estudiar una carrera universitaria. Tampoco tenemos licencia por enfermedad de hijos. Si se me enferma un pibe, tengo que ir a trabajar igual y dejarlo con fiebre, rogando que el empleador sea considerado y me deje volver. No tenemos licencia de cuidado familiar. Es una locura y es muy jodido. Antes se nos llamaba "las precarizadas", y aunque ahora todo el mundo usa esa palabra, hay niveles de precarización. No poder faltar para ir al ginecólogo o para cuidar a tu hijo es una realidad muy pesada.

Esa desprotección que relata Irina se traduce en que, en Entre Ríos, donde 7 de cada 10 mujeres del sector trabajan en la informalidad, faltar un día para llevar a un familiar que tienen a cargo al médico o para hacerse un estudio de salud propio implica perder el presentismo, la paga de la jornada o, directamente, arriesgarse a quedarse sin trabajo y sin indemnización alguna.

La luz de la tarde termina de caer sobre los ventanales del aula de la Escuela Normal. Irina junta sus apuntes de Historia, acomoda la mochila y se dispone a salir. Hacia el final de la charla, sus palabras vuelven a la pregunta que le hicieron en aquella primera reunión invernal en la sede de calle Tucumán, la misma que hoy utiliza como brújula para organizarse en este 2026.

—El mundo sindical me enseñó a preguntarme siempre: ¿a qué nos juntamos? ¿A hablar de lo mal que estamos o a proyectar? El proyecto político te cambia todo, te da una responsabilidad, te une y te organiza. La catarsis sola no alcanza; al dolor hay que transformarlo en propuesta colectiva.


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